Por Max Díaz
15 de Febrero, 2026
Dicen que antiguas culturas, como los egipcios o los persas, solían regalarse huevos pintados entre ellos cuando se aproximaba la primavera. Tras los crudos inviernos, un huevo de colores significaba esperanza para el próximo ciclo de primavera y fertilidad que estaba por llegar. Una especie de celebración de una vida nueva. Conforme el tiempo avanzó, y los ritos de distintos pueblos se mezclaron de maneras inesperadas, los huevos llegaron a una cesta extraña: ahora estaban en manos de un conejo que los repartía a los niños para celebrar la Pascua, fecha que celebraba la resurrección de Jesucristo, el líder espiritual del catolicismo.
Se cree que esa suma inesperada de símbolos —un conejo, la Pascua, los huevos de colores— son una conjunción de varios elementos en paralelo. El huevo representaría la nueva vida, y el conejo la fertilidad. Dicen que los primeros en unir estos imaginarios y convertirlos en tradición fueron los alemanes, que llevaron la costumbre en barco a Pensilvania durante el siglo XVIII, donde terminó de popularizarse.
La tradición de los huevos de Pascua, sin embargo, esconde algo más que la celebración inesperada de conejos y chocolates. En épocas pasadas, cuando los huevos y la carne estaban prohibidos, y el cristianismo sufría la persecución de los romanos, la Cuaresma era un período de penitencia e introspección religiosa. Una tradición que ha demandado una preparación cultural cada vez más milimétrica en términos de demanda, geopolítica y seguridad en Occidente.

Los cristianos no fueron los primeros en regalarse huevos pintados: este huevo de avestruz cartaginés corresponde a la Segunda Edad de Hierro.
Los cuarenta días de preparación para la Pascua reconfiguraron las antiguas cadenas de suministro de alimentos, textiles y objetos sagrados. La transición de una fe perseguida a una institución centralizada bajo el Imperio Romano exigió el desarrollo de redes logísticas capaces de sostener liturgias, dietas restrictivas y una iconografía específica a lo largo de vastos territorios. Hoy, todo el mudo sabe de qué se trata la Pascua, sin embargo, durante los primeros siglos, los feligreses aún estaban encargados de llevar la palabra; y mover el relato divino se trataba de más que leer las santas escrituras: desde la institucionalización del ayuno hasta la sofisticación de la ruta del incienso y la ruta del tinte púrpura, la Cuaresma ha dictado ritmos —y ritos— económicos que sostenemos hasta el día de hoy.
El origen de la Cuaresma se encuentra en los simbolismos numéricos. El número cuarenta posee una carga importante en la tradición judeocristiana. Se la vincula a períodos de prueba y transición, como los cuarenta días que Moisés pasó en el Sinaí, los cuarenta años de Israel en el desierto, y los cuarenta días de ayuno de Jesús. Sin embargo, la idea de los cuarenta días no se instaló inmediatamente después de la crucificción de Jesus. En el siglo II, autores como San Ireneo de Lyon señalaban que la preparación podía ir desde las cuarenta horas de ayuno hasta los cuarenta y seis días.
La sincronización del calendario fue uno de los primeros grandes retos del suministro de la fe. Para que la Cuaresma pudiese funcionar como una herramienta de cohesión, todas las comunidades cristianas debían iniciar y terminar sus ayunos simultáneamente, lo que demandaba una comunicación eficiente a través de las calzadas romanas para distribuir las llamadas cartas festales, aquellas donde se anunciaban las fechas exactas de la Pascua. Una de las primeras operaciones logísticas de esa iglesia primitiva se basaba en la construcción de una comunidad cerrada, donde el suministro de alimentos para las cenas del Señor se gestionaba de forma local, y a menudo bajo la presión de la persecución romana. Convirtieron en puntos de distribución a las casas particulares y las catacumbas de las grandes ciudades, donde rostros invisibles, a menudo tapados con sotanas, repartían alimentos y enseres sagrados para completar ritos. No existía la gestión de inventario, pues la estructura de las ceremonias involucraba el consumo inmediato y la informalidad. Se volvía mucho más útil que cada miembro llevase sus propias ofrendas a cada ágape, o comida fraterna. Así se aseguraban de no delatar a sus pares con los romanos, en esa época, sus mayores perseguidores.

Ilustres fieles fueron ajusticiados por los romanos, como le ocurre al apóstol San Pablo en esta pintura de Enrique Simonet (1887).
Sin embargo, la institucionalización de la Iglesia en el siglo IV transformó esta logística doméstica en una de escala mundial. Para cuando llegó el 325 d.C., y el Concilio de Nicea hizo que el Imperio Romano y la iglesia se estrechasen las manos, se pasó de la llamada ecclesia domestica —o iglesia doméstica— a la basilical, aquella que ofrecía un templo para celebrar el rito. La transformación, impresionante por la nueva masividad de los ritos, también exigió un suministro constante de materiales específicos: pan sin levadura, vino certificado para la ceremonia, aceites vírgenes para los catecúmenos y cera de alta pureza para la iluminación de los templos.
La Cuaresma se convirtió en el período de mayor presión para esta joven cadena de suministro, sobre todo porque las personas que se preparaban para el bautismo en la Vigilia Pascual, también conocidos como catecúmenos, requerían de una instrucción y una dieta específica durante cuarenta días. Pero, aunque los desafíos eran grandes, ahora los cristianos disponían de algo más que la buena voluntad de los fieles: podrían comenzar a utilizar todas las cadenas de suministro reguladas y oficiales.
Uno de los primeros —y más profundos— impactos culturales de la Cuaresma fue la prohibición de comer carnes rojas. Una especie de norma implícita de la dieta occidental, que podía durar hasta siete semanas al año. Esta restricción, que fue reforzada por figuras eminentes del catolicismo, como Santo Tomás de Aquino bajo la idea de alejarse de la impureza de los animales terrestres que respiran aire, provocó uno de los primeros desplazamientos masivos de la demanda. En este caso, hacia los productos del mar.
Si viajamos al Imperio Romano tardío, conseguir pescado ya era un desafío para el Procurement: el peligro que significaban su rápida putrefacción y su alto costo alejaban a los peces del consumo masivo. Según el Edicto de Precios de Diocleciano del año 301, uno de los primeros documentos oficiales en normar precios, el valor del pescado fresco del mar alcanzaba los 24 denarios por libra. Para hacernos una idea: la carne de buey y de cordero estaban fijadas en 8 denarios.

Según el Edicto de Precios de Diocleciano, que se puede ver tallado en esta iglesia medieval de San Juan Crisóstomo, en Grecia, el pescado podía llegar a costar el tiple que la carne de buey y cordero.
Para adaptarse a las nuevas convenciones que su fe iba desarrollando, los cristianos necesitaron desarrollar una cadena de suministro de pescado preservado que pudiese llegar hasta las provincias del interior durante la Cuaresma. El bacalao seco y salado se coronó como el rey de la mesa cuaresmal: era ligero para el transporte y duraba mucho más que los otros pescados.
Aunque el bacalao ya no es la gran estrella de las comidas durante la Pascua, la magnitud económica de la tradición persiste en nuestra era. En Ciudad de México, por ejemplo, la Cuaresma 2025 generó cerca de 1,700 millones de pesos gracias a la industria pesquera, un aumento de casi el 6% con respecto al año previo. Un flujo de dinero masivo que, sin embargo, también genera presiones inflacionarias. En 2022, el precio del pescado en México subió en un 13.5%, y el del camarón en un 13.4%. El fenómeno obligó a los consumidores de niveles socioeconómicos medios y bajos a buscar alternativas, como el atún envasado o el huevo. Una lección que el suministro de la Cuaresma tuvo que aprender a la fuerza: siempre debemos tener sustitutos cuando nuestro producto principal queda fuera del alcance de la capacidad adquisitiva local.
La atmósfera de la Cuaresma, sabemos, se construye a través de estímulos como la luz de las velas y el aroma de los inciensos. Estos productos, tradicionalmente elaborados con cera de abejas, especias aromáticas y telas de color, marcaron la pauta del abastecimiento hace varios milenios atrás.
El incienso se volvió crítico para las liturgias en el siglo IV, cuando comenzó a ser utilizado para simbolizar cómo las oraciones ascienden hacia Dios. Históricamente, su suministro dependía de la Ruta del Incienso, una red comercial de 2,400 kilómetros que conectaba el sur de Arabia con el Mediterráneo, a través de Egipto y Palestina. Durante siglos, largas y pausadas caravanas de camellos cruzaban el desierto, cargados de resinas de olíbano y mirra. Las expediciones para obtener los polvos duraban hasta tres meses, y con el desarrollo de las rutas comerciales, cada vez se pagaban más peajes e impuestos al llegar a las fronteras.

El combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma, de Brueghel el Viejo, dan cuenta de un cambio de paradigma en la forma concebir la fiesta.
Si bien son historias de otro tiempo y contexto, el mercado del incienso sigue enfrentando retos logísticos al día de hoy. Su origen geográfico limitado lo pone a merced de tensiones geopolíticas y cambios climáticos en sus regiones productoras. Su industria ha experimentado aumentos en el costo del transporte y perturbaciones en la circulación global. Hoy, además, los consumidores modernos muestran un interés que se inclina por productos más naturales y sostenibles, libres de aromas sintéticos, creando nuevos criterios éticos y condiciones de certificación.
La iluminación de las ceremonias de la Cuaresma y la Vigilia Pascual exigió velas de alta calidad desde los primeros feligreses que celebraron en la clandestinidad. La preferencia de la Iglesia por la cera de abeja ya es una costumbre milenaria: su simbolismo de pureza y combustión limpia pueden aportar a la pureza de los ritos. Para las velas de altar utilizadas en las Cuaresmas a lo largo del mundo, es común que se mantenga una norma internacional que exija un mínimo del 51% de cera de abeja pura en toda la vela. Esto genera una cadena de suministro que vincula a la industria apícola con talleres de cerería especializados, como Bolsius International, o Cerería de Jesús, en México.
Actualmente, el mercado global de velas está en expansión: se proyecta que pase de 9.98 mil millones de dólares en 2025, a 14.12 mil millones para 2032. Esta demanda, aunque funcional, también ha ido adquiriendo nuevos matices: como sus nuevos simbolismos decorativos y relacionados al bienestar. Por eso, muchas marcas han comenzado a innovar con cera de soja y envases reciclados para atraer a los consumidores preocupados por el medioambiente.
El color morado es uno de los emblemas visuales de la Cuaresma. Representa la penitencia y la dignidad de Cristo durante sus últimos días. En la antigüedad, las telas moradas involucraban un desafío de adquisición prácticamente imposible. El tinte púrpura se extraía de la glándula del murex, un molusco marino grueso y afilado. Cada uno de estos caracoles, sin embargo, apenas entregaba una gota de tinte. Una prenda demandaba miles de moluscos, convirtiendo al púrpura en el color de ropa más caro del Imperio Romano, reservado por ley para la aristocracia y el emperador.

Cristo en el Desierto, de Iván Kramskoy. Probablemente, una de las muestras pictóricas más representativas sobre la penitencia de Cristo.
Tras la caída de Bizancio y la pérdida de las rutas comerciales de los moluscos, la Iglesia tuvo que adaptar su logística textil. Así, comenzaron a desarrollar tintes con base en el añil, cochinillas y otras mezclas vegetales. El morado comenzó a verse cada vez más en ropas y ornamentos litúrgicos. Parecía que fue la fe la que permitió la democratización del color. Hoy en día, la manufactura de esos ornamentos es una industria de alta precisión, con talleres en grandes ciudades como Valencia, Lima y Madrid, donde se producen desde casullas de poliéster baratas hasta bordados a mano con hilos de oro para gestos solemnes.
El vino es una de las bases para la liturgia católica, sobre todo para las celebraciones eucarísticas de la Cuaresma. Probablemente todos estemos más o menos familiarizados con estos ritos, pero en caso de que no: la normativa canónica exige que el vino para la misa sea exclusivamente fruto de la vid, natural y puro, sin estar mezclado con preservantes, endulzantes u otras sustancias. Esta especificación técnica crea una cadena de suministro única para el vino de misa, que debe ser certificado por las autoridades eclesiásticas locales.
El ejemplo más impresionante de compras y consumo de vino está en la ciudad del Vaticano. A pesar de que sean apenas unos 800 residentes, el Vaticano figura como el principal importador de vino per cápita en el mundo, con cifras que llegan a los 79 litros por persona anualmente. O sea, cerca de 99 botellas. Este alto volumen se explica por la liturgia, la demografía predominantemente adulta y masculina, y el uso de vino en funciones diplomáticas y cenas comunales. En términos de suministro, Italia ejerce un dominio casi absoluto, proveyendo el 99.9% del volumen importado por el Vaticano en 2019.
Así como en la antigüedad un conejo y unos huevos pintados se unieron, Latinoamérica ha pasado por su propia, curiosa, mixtura de tradiciones que imponen presiones en sus mercados locales. La unión entre la fe católica y los ingredientes de los pueblos originarios de la región ha creado platos que requieren la coordinación de cadenas de suministro agrícolas y pesqueras de forma simultánea.

La tradición católica y los métodos de expresión latinoamericanos también encontraron lugar en la obra de grandes artistas, como en Viernes de Dolores en el Canal de Santa Anita, de Diego Rivera.
En Ecuador, por ejemplo, la fanesca es un hito de la logística alimentaria. Este guiso requiere doce tipos de granos tiernos —que representan a los apóstoles—, además de bacalao seco cocinado en leche. El suministro de estos ingredientes obliga a los mercados a garantizar la llegada de productos de diversas zonas climáticas del país en una sola semana. De una forma parecida, la chipa paraguaya —pan de almidón y queso— demanda una producción masiva de derivados lácteos y almidón de yuca, presionando las redes de transporte rural justo antes de la Pascua.
En México, la capirotada y los chiles rellenos de Cuaresma impulsan el consumo de frutos secos, piloncillo y quesos regionales, creando una economía estacional que sostiene a miles de pequeños productores agrícolas. Las variaciones en las tradiciones y la gastronomía regionales ilustran cómo una fiesta religiosa puede activar cadenas de suministro diversificadas y locales.
Hoy, la Cuaresma está en un proceso de escisión: mientras algunos siguen buscando replicar tradiciones milenarias; otros prefieren adecuarse a nuevas costumbres e innovaciones culturales y tecnológicas. Las proyecciones hasta el 2030 sugieren que la gestión de la Cuaresma estará dominada por tres tendencias críticas: la IA agéntica, la sostenibilidad ambiental y la transparencia absoluta en el suministro.

Los llamados altares de dolores también se han convertido en una nueva tradición determinada por el cruce entre Latinoamérica y el cristianismo.
La adopción de la IA agéntica transformará la forma en que se gestionará la demanda durante la Cuaresma. A diferencia de la automatización tradicional, los agentes autónomos podrán monitorear los flujos logísticos, la fiabilidad de los proveedores y los patrones de demanda basados en el clima o eventos sociales. De hecho, se espera que desde este año los sistemas puedan comenzar a ajustar automáticamente las rutas de transporte de productos perecederos, como el pescado fresco; o simplemente pausar transacciones con proveedores que no cumplan con los nuevos estándares de sostenibilidad.
La industria pesquera sigue siendo vital para la Cuaresma. Sin embargo, eso no significa que esté siendo cuidada de acuerdo a su criticidad. Hoy en día, la pesca se enfrenta al desafío de la sobreexplotación. Actualmente, el 34% de las pesquerías se encuentran en condiciones vulnerables, y la pesca ilegal sigue siendo una barrera para construir un desarrollo sostenible. En respuesta, organizaciones como el Marine Stewardship Council (MSC) están impulsando el consumo de pescados y mariscos con sello azul, que garantiza una gestión ambiental responsable. El futuro del Procurement cuaresmal dependerá de la capacidad de los compradores para integrar estos criterios de sostenibilidad en sus procesos de selección de proveedores, impulsados por una generación Z que exige marcas con propósito y abastecimiento ético.
Las redes logísticas de la Cuaresma comenzaron a asentarse del siglo IV. Algo que, si bien parece impresionante, había comenzado a construirse siglos antes, al acecho de uno de los imperios más poderosos de la historia y bajo el yugo de una prohibición extrema. Sin embargo, y a pesar de su capacidad de adaptabilidad, hoy sigue sintiendo la presión y necesitando hacer ajustes para mantenerse útil y vigente.
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