¿Por qué sube el diésel y la gasolina no? El caso EE. UU.

¿Por qué sube el diésel y la gasolina no? El caso EE. UU.

Marcelo Elizondo Por Marcelo Elizondo

08 de Octubre, 2026

Para cualquier automovilista en Estados Unidos o para los turistas que visitan ese país por tierra, el letrero de la estación de servicio proyecta una relativa calma: la gasolina regular mantiene precios estables y la temida inflación al volante parece controlada. Sin embargo, para quienes lideramos las cadenas de suministro y abastecimiento de nuestras empresas, el indicador crítico está en la pistola verde del surtidor: el diésel, que se ha desacoplado por completo en precio del resto del mercado energético en los últimos meses.

La lógica intuitiva dictaría que, proviniendo del mismo hidrocarburo, ambos refinados deberían comportarse en paralelo. Entonces, ¿por qué existe está marcada diferencia entre la gasolina y el diésel?

Existe la tentación recurrente en las mesas directivas de atribuir este desfase a supuestos subsidios gubernamentales que protegerían a la gasolina, o asumir que el precio del crudo determina por igual todo el costo logístico. Ambas premisas son falsas.

En Estados Unidos no hay subsidios directos en bomba para ningún combustible; de hecho, el diésel soporta una carga impositiva mayor: paga 24.4 centavos de impuesto federal por galón frente a los 18.4 centavos de la gasolina, a lo que se suman tributos estatales más severos por el desgaste que causan los camiones pesados en las carreteras. Los estímulos fiscales existentes benefician la extracción y exploración de crudo en general, no a un surtidor en particular.

Ahora bien, aunque los eventos geopolíticos de los últimos dos años sí han presionado al mercado, la brecha de precios obedece en realidad a un problema estructural de refinación, comercio exterior y rigidez operativa.

La física del barril: restricciones químicas y presión regulatoria. Históricamente, el sistema de refinación estadounidense fue diseñado para maximizar la producción de gasolina, extrayendo de cada barril cerca de un 45% frente a un modesto 25% a 30% de destilados medios. Alterar ese balance para fabricar más diésel sin inundar el mercado con excedentes inviables de gasolina representa un obstáculo técnico y financiero mayor.

Dentro de esa fracción intermedia, el diésel enfrenta una competencia directa: disputa la capacidad de transformación con la turbosina impulsada por la aviación comercial y con el combustible de calefacción (heating oil) ante olas de frío en el noreste de Estados Unidos. A este cuello de botella productivo se suma el rigor ambiental.

La norma de Diésel de Ultra Bajo Azufre (ULSD, limitado a 15 partes por millón) exige procesos intensivos de hidrotratamiento con hidrógeno a alta presión. Limpiar el diésel cuesta bastante más energía y dinero que formular gasolina convencional.

Tensión global y la trampa de la demanda inelástica. Mientras los inventarios domésticos de gasolina se mantienen holgados, el diésel sufre un drenaje constante hacia el exterior. Con la salida del diésel ruso de los circuitos occidentales, las plantas del Golfo de México exportan volúmenes récord hacia Europa y América Latina, manteniendo los inventarios locales en márgenes estrechos y ampliando el diferencial de refinación.

Por último, opera la inelasticidad del consumo. Si la gasolina sube, las familias postergan paseos de fin de semana y la demanda cede. El transporte de carga, el ferrocarril, los buques y la maquinaria agrícola no tienen esa opción: mueven insumos esenciales y absorben el sobreprecio sin frenar la marcha.

El diésel mueve más del 70% de la carga terrestre en Norteamérica, y su encarecimiento impacta directamente a los compradores corporativos de América Latina en tres frentes:

  1. Indexación automática del recargo por combustible (Fuel Surcharge o FSC): En los contratos de transporte, el flete base permanece fijo pero el recargo escala semanalmente al ritmo de las publicaciones de la autoridad energética, encareciendo fletes terrestres e intermodales.
  2. Asfixia de transportistas independientes: Al carecer de coberturas financieras y de descuentos por volumen en paradores, muchos transportistas pequeños reducen operaciones, contrayendo la oferta de camiones y presionando las tarifas spot al alza.
  3. Costo de importación (landed cost) de materias primas: Resinas, químicos e insumos procedentes del corredor industrial estadounidense se encarecen por el arrastre terrestre, incrementando además las tarifas de cruce fronterizo y transfiriendo el sobreprecio a las refinerías latinoamericanas que dependen del diésel importado del Golfo de México.

Frente a un mercado donde el crudo aparenta calma pero el diésel devora márgenes, comparto tres recomendaciones prácticas para la gerencia o dirección de abastecimientos al negociar fletes de importación o exportación:

  1. Auditar a fondo las fórmulas de Fuel Surcharge: Revisar las tablas acordadas con agentes de carga y 3PLs para eliminar desfases en el rendimiento por galón que terminen sobre remunerando al transportista.
  2. Optimizar la cubicación de embarques: Evitar pagar recargos sobre espacio vacío, consolidando cargas parciales (LTL) en unidades completas (FTL).
  3. Evaluar corredores intermodales: Aprovechar rutas donde el ferrocarril capitalice su mayor eficiencia de combustible por tonelada-milla frente al tractocamión en trayectos largos.

El consumidor general continuará midiendo la inflación por lo que le cuesta llenar el automóvil familiar. Quienes gestionamos las arterias del abastecimiento sabemos que la economía real marcha a diésel. Comprender estos factores nos permite anticipar riesgos y construir una verdadera línea de defensa para proteger el margen operativo de nuestras empresas.

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