De perros, reactores y fragmentos: la logística tardía del espacio

De perros, reactores y fragmentos: la logística tardía del espacio

Max Díaz Por Max Díaz

20 de Abril, 2026

El cosmódromo de Baikonur amaneció helado ese 3 de noviembre de 1957. En una cápsula del tamaño de una cabina telefónica, una perrita callejera de Moscú espera el despegue. Se llama Kudryavka, aunque el mundo la conocerá como Laika. Pesa seis kilos, temperatura corporal estable, carácter dócil: los ingenieros la eligieron por esa combinación después de meses de entrenamiento en centrífugas y encierros progresivos. La visten con un arnés biométrico, le ajustan los tubos de alimentación gelatinizada para siete días, cierran la escotilla. Afuera, las estepas kazajas y los técnicos en batas blancas. Oleg Gazenko, el médico militar que encabezó su entrenamiento, la besa antes del cierre final; treinta años después confesará en público que aquel gesto lo persiguió toda su vida. A las 5:30 de la madrugada, el Sputnik 2 parte hacia la órbita baja.

En Moscú, Kruschev celebra un segundo triunfo consecutivo: un mes antes, el Sputnik 1 había ganado la primera vuelta al mundo extraterrestre. La propaganda soviética sostiene durante semanas que Laika continúa con vida. Muere, en realidad, pocas horas después del despegue, por sobrecalentamiento. El Sputnik 2 permanece en órbita cinco meses más. El 14 de abril de 1958 vuelve a entrar en la atmósfera sobre el Caribe y se desintegra. Laika no está en ningún plan de recuperación. El vehículo tampoco: nadie diseñó el cohete para que bajara. Toda la misión fue concebida como un viaje sin retorno, y lo sería durante décadas para casi todo lo que la humanidad enviase hacia arriba.

Postal rumana. Su leyenda dice «Laika, primera viajera espacial».

Postal rumana. Su leyenda dice «Laika, primera viajera espacial».

Una logística con raíces caninas

Setenta años más tarde, la disciplina que Laika inauguró sin saberlo ya ha sido bautizada: logística invisible. Actualmente, sobre nuestras cabezas giran unas 13,500 toneladas de restos espaciales —la cifra que la Agencia Espacial Europea actualiza anualmente— y apenas una fracción sirve aún para algo. El resto es sedimento, la precipitación de seis décadas de misiones concebidas, como el Sputnik 2, sin plan de gestión de residuos. La carrera espacial hereda del siglo XX una ingeniería magnífica de la subida y una indiferencia casi absoluta por la bajada. Sin embargo, y aunque el lanzamiento del Sputnik se ha convertido rápidamente en uno de los momentos más significativos de la humanidad, al ganar el cielo también se inaugura el primer basural sin camión recolector. Lo que hoy ocupa a toda una industria emergente fue durante sesenta años un problema fuera del perímetro del proyecto.

El peligro del fragmento

Las cifras actuales dan la medida del sedimento. La ESA cataloga unos 40,000 objetos rastreados, una nube estimada de 54,000 piezas mayores a diez centímetros, 1.2 millones entre uno y diez, y más de 130 millones por debajo del centímetro. 

Un perno suspendido en el espacio parece ser inofensivo. El universo se expande, nos dijeron desde pequeños. Y es imposible encontrar algo en el espacio. Sin embargo, a velocidad orbital —10 km/s, diez veces más rápido que una bala— un perno desprendido de una etapa superior atraviesa un satélite activo. Seis episodios se quedarán para siempre en la memoria operativa del espacio: el reactor nuclear del soviético Kosmos 954, que cae sobre 124,000 km² del noroeste canadiense en enero de 1978 y obliga a Moscú a pagar tres millones de dólares canadienses a Ottawa —dejando, además, la anécdota de la única invocación formal en la historia del Convenio de Responsabilidad de 1972—; la prueba antisatélite china contra Fengyun-1C en 2007, que genera 3,500 fragmentos catalogados que seguirán allí hasta 2090; la colisión del Iridium 33 con el Cosmos 2251 ruso en febrero de 2009 deja 2,300 piezas más; la prueba rusa contra el Kosmos 1408 en noviembre de 2021, que termina por soltar 1,500 fragmentos que obligan a evacuar parcialmente la Estación Espacial Internacional.

La estación Espacial Internacional opera a unos 400 kilómetros sobre la órbita terrestre.

La estación Espacial Internacional opera a unos 400 kilómetros sobre la órbita terrestre.

En 1978, Donald Kessler se refirió a este fenómeno como un precipicio. Kessler, investigador del Johnson Space Center de la NASA, habló de una cascada de colisiones que vuelve a la órbita un entorno peligroso para nuevos lanzamientos. El informe ambiental de la ESA del 2025 verifica por primera vez lo que durante décadas fue hipótesis: navegar en ese entorno ya es insostenible. Incluso aunque mañana se detuviesen todos los lanzamientos, los objetos presentes seguirían colisionando entre sí. El riesgo de ruta se mide en trabajo operativo. SpaceX, que opera Starlink con cerca de 8,800 satélites activos —el 65% del parque mundial—, reporta 144,404 maniobras evasivas sólo entre diciembre de 2024 y mayo de 2025. El 19º Space Defense Squadron estadounidense emite unos 300,000 mensajes diarios de conjunción. La OCDE cifra el valor económico en riesgo ante un escenario Kessler en 191,000 millones de dólares. En resumen, el espacio, aunque infinito, se ha vuelto un caos.

Una industria para bajar

Hasta ese entonces todo se trata de poner las máquinas en el aire, sin embargo, aparece una nueva —y urgente— necesidad: bajarla. En apenas cinco años se levanta una nueva industria que se encargue de los residuos. Astroscale Holdings debuta en la Bolsa de Tokio en junio de 2024, con una capitalización inicial cercana a los mil millones de dólares, y en diciembre del mismo año su misión ADRAS-J se aproxima a quince metros de un fragmento espacial japonés que lleva quince años muerto en órbita. 

La suiza ClearSpace no se queda atrás, y firma un contrato de 86 millones de euros con la ESA, para retirar una pieza alojada sobre un Vega-C, un ejercicio que se espera completado para 2028. 

El ADRAS-J fue la primera gran misión de Astroscale Holdings. Imagen: Astroscale.

El ADRAS-J fue la primera gran misión de Astroscale Holdings. Imagen: Astroscale.

La italiana D-Orbit, a su vez, cierra una Serie C de 150 millones de euros. Northrop Grumman realiza el primer acoplamiento comercial en órbita en febrero de 2020. La NASA cancela su propio programa, OSAM-1, en marzo de 2024. Alegan falta de fondos, pues según sus cálculos, recoger la basura les costaría unos 2,000 millones de dólares.

Commodities espaciales

Llegar al espacio demanda muchos recursos de la Tierra. Y la cadena de suministro detrás de estas misiones se ha visto tan fatigada como la tecnología y la defensa en los últimos años. Los semiconductores endurecidos contra radiación son surtidos por solo cuatro proveedores para todo el mundo occidental: BAE Systems, Microchip, Cobhan Gaisler y AMD/Xlinx. En un escenario de tranquilidad y bonanza, sus tiempos de entrega van de los 12 a los 24 meses, con costos que superan el millón de dólares. 

Los semiconductores endurecidos, también conocidos como «rad-hard» son usados en la industria aeroespacial.

Los semiconductores endurecidos, también conocidos como «rad-hard» son usados en la industria aeroespacial.

El cuello de botella más dramático de la década llega con la invasión de Ucrania: Odesa y Mariupol producían cerca del 70% del neón mundial y el 40% del criptón en 2022. El xenón, esencial para los motores, pasa de quince dólares por litro en 2020 a más de mil en 2022. SpaceX, en su propia desesperación por atender a la crisis, migra los motores de Starlink del criptón al argón. Menos eficiente, pero disponible. Los motores rusos RD-180 y RD-181, que impulsaban al Atlas V, quedan embargados en febrero del mismo año. 

Aprender del mar

En las aguas del planeta Tierra, durante un siglo, la industria marítima operó sin una cadena de custodia en de sus llamados buques muertos: embarcaciones que naufragaban o cuya fatiga material las sacaba de operación en altamar. A diferencia del espacio, los resultados fueron tan escandalosos como inmediatamente cuantificables. los desguaces de Alang, en la costa india, y Chittagong, en Bangladesh, los mayores cementerios de barcos del mundo, revelaron el coste ambiental y humano de la improvisación: contaminación, basura y paupérrimas condiciones productivas. 

Maersk se convirtió en una de las primeras navieras en introducir la trazabilidad de fin de vida y acuerdos de reciclaje responsables. Compromisos que hasta el día de hoy se presupuestan en cada caso particular. La órbita atraviesa ese mismo aprendizaje con setenta años de retraso. La nueva regla de la FCC, aplicable a todo satélite lanzado después de septiembre de 2024, da cinco años para sacar de órbita la basura espacial. Y otras iniciativas, como las placas magnéticas que OneWeb ha comenzado a instalar en sus satélites para facilitar la captura futura, comienzan a acoplarse a los departamentos de Compras: gestos industriales que piensan en la capilaridad de retorno de los diseños.

Desguace de Chittagong, en Bangladesh.

Desguace de Chittagong, en Bangladesh.

La paradoja es que cada año se lanzan más satélites de los que la industria de remoción puede bajar, y la cuenta regresiva es dirigida por los fragmentos, no por los mercados. Laika inauguró la carrera espacial y, sin quererlo, una categoría contable que el mercado ya no quiere cubrir: de los trece mil satélites activos, apenas trescientos tienen seguro en órbita. La sostenibilidad espacial, aunque prometedora, sigue siendo un misterio. Y, mientras se desarrolla, la logística de las naves ha ganado una lección: ningún sistema termina en el lanzamiento.

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