Por Daniel Moreno C.
21 de Agosto, 2026
Hay luna llena y parece otra noche sin novedad en la ciudad balneario de Sochi. Un dron ucraniano “Liutyi” de largo alcance sobrevuela territorio ruso, a unos cientos kilómetros de la frontera, cuando golpea un depósito de combustible con una precisión que hace apenas unos años habría sido impensable para un ejército que hace unos años ni contaba con fuerza aérea. La orden que lo guía viaja por radio hasta una terminal en tierra, sube al espacio y rebota en uno de los más de siete mil satélites de Starlink que orbitan sobre el planeta. Hablamos de un ángel que no vemos, el cual siembra la muerte más allá del cielo.
La guerra de Ucrania ya va en su quinto año y mucho se ha hablado sobre las trincheras, las sanciones de la Unión Europea a Moscú, los bombardeos, las ofensivas terrestres, los soldados norcoreanos combatiendo del lado ruso y, sobre todo, los drones. Kiev, Jersón, el Donbás, el frente aéreo son los escenarios que suelen acaparar las notas de prensa sobre el conflicto.
Muchos no lo saben, pero hay uno menos conocido y que ocurre a 500 kilómetros de altura. Buena parte de la capacidad de comunicación de las FF. AA. ucranianas depende del servicio de internet satelital de Starlink, propiedad de Elon Musk. Rusia lo sabe y ya está haciendo algo al respecto: está desplegando un sistema para dejar ciego al enemigo.
Esta guerra ha servido como un laboratorio de nuevas tecnologías, partiendo por los drones: los FPV suicidas caen en picada sobre un blindado, los de reconocimiento vigilan trincheras enemigas durante horas y los de ataque golpean la logística y depósitos, a decenas de kilómetros de la línea de contacto. Por su parte, la respuesta del lado ruso ha sido desarrollar una industria completa de guerra electrónica dedicada a interferirla. Más que enfocarse en derribar los aparatos para lo cual cuentan con defensas antiaéreas, su verdadero esfuerzo radica en ir contra la señal que los conecta con su operador.
El sistema se llama Volna Kupol Garant, algo así como “Ola Cúpula Garante” y lo desarrolló Rossiysky Kupol, una empresa con sede en Simferópol, en Crimea. A diferencia de los inhibidores tradicionales, que bloquean la señal en la terminal terrestre, este apunta directamente al satélite: emite un haz de radio estrecho y de alta potencia hacia sus antenas receptoras para impedir que reciban las transmisiones de los usuarios que están debajo.

Volna Kupol Garant, el arma electrónica rusa diseñada específicamente para interceptar la señal de Starlink. Imagen: Ministerio de Defensa Ruso.
Su desarrollo no salió de la nada. La familia de inhibidores omnidireccionales tipo “cúpula”, con modelos como el Kupol-ST o el Sanitol, empezó a diseñarse entre 2019 y 2021, y su uso masivo en combate se materializó recién en 2022 y 2023, ya con la guerra en marcha. Los módulos portátiles Garant y Volna, adaptables a vehículos blindados como los tanques T-72 y T-80, entraron en producción e integración táctica desde mediados de 2023 y comienzos de 2024, en respuesta directa a la proliferación de drones FPV.
“Volna no destruye físicamente la nave espacial, pero durante el tiempo que dura la iluminación, bloquea la capacidad de un satélite específico para dar servicio a las terminales terrestres”, explica Dmitry Kuzyakin, diseñador general del Centro de Soluciones Integradas para Vehículos No Tripulados. Según reportes técnicos de TechRadar, el equipo genera una interferencia en ocho bandas de transmisión de Starlink, de 62,5 MHz cada una, mediante un sistema de antena de matriz en fase que se orienta hacia el satélite en tiempo real mientras este cruza el cielo. La interrupción, además, no termina apenas cesa la señal, ya que los satélites afectados necesitan varios minutos adicionales para recuperar su funcionamiento normal.
El equipo completo está compuesto por seis unidades montadas sobre remolques, cada una con un par de antenas orientables cubiertas por radomos. Un asesor ucraniano citado por medios internacionales estimó el costo de cada unidad en 1,5 millones de dólares, aunque ni SpaceX ni el Ministerio de Defensa ruso han confirmado esa cifra, y hasta ahora no existe una verificación independiente de su rendimiento real en combate.
Nada de esto tendría sentido si Starlink no fuera para Ucrania mucho más que un servicio de internet. Sus drones de ataque de medio alcance dependen de terminales Starlink integradas para recibir órdenes en tiempo real a decenas o cientos de kilómetros de distancia, lo que les permite golpear depósitos de combustible, logística y centros de mando rusos con la precisión del dron que abre este artículo. Cortar esa conexión no derriba el dron, pero lo deja sin ojos ni manos: cae, se desvía o simplemente deja de recibir instrucciones: Un títere sin cabeza.

Imagen: AP/Efrem Likatsky
Hay que recordar que esta dependencia es producto de una donación de emergencia. En los primeros días de la invasión, en 2022, Musk envió cerca de 20.000 terminales a Ucrania. Desde entonces, Starlink se volvió una pieza crucial para las comunicaciones militares de Kiev y de los drones como tal.
Interferir Starlink no es sencillo: Estamos hablando de satélites que orbitan en órbita baja, a unos 500 kilómetros de altura, y que se mueven constantemente, lo que obliga al sistema Volna Kupol Garant a rastrearlos con antenas direccionales que emiten en la banda de 14 a 14,5 GHz, la misma que usan las terminales para subir su señal. ¿Su objetivo? saturar al receptor de estos durante el tiempo justo para que no escuche a las terminales que tiene debajo.
¿Por qué no destruir directamente los satélites? Esto sería para Rusia inviable en términos logísticos y arriesgaría una escalada con Estados Unidos, algo que por cierto ninguno de ambos bandos busca de momento. Por eso el diseño apunta a algo más modesto: crear una zona muerta local, de unos 20 kilómetros cuadrados, alrededor de un objetivo puntual (un cruce de tropas, un depósito, una columna blindada) y sin tocar el resto de la constelación global.
El detalle menos difundido de esta historia es que Rusia tiene una relación de amor-odio con Starlink: busca bloquearla pero también la usa. A comienzos de este año se detectó un número creciente de drones rusos Molniya equipados con terminales Starlink obtenidas por canales no autorizados, lo que los hace casi inmunes a la guerra electrónica tradicional y capaces de operar con precisión desde cientos de kilómetros de distancia. Kiev coordinó con SpaceX para identificar y desactivar esas terminales apenas se confirme su uso del lado ruso, en una especie de guerra dentro de la guerra que se libra terminal por terminal.
En las últimas semanas, el frente se mantiene en una dinámica de alta intensidad sin grandes rupturas: las incursiones rusas en Sumy buscan atraer reservas ucranianas más que tomar la ciudad (una táctica similar ocurrida en la batalla de Verdún) y combates intensos en Kupiansk y Borova (noreste ucraniano), entre otros puntos calientes. Según entidades ucranianas, las bajas rusas desde el inicio de la invasión superan ya el millón y medio de muertos, heridos y desaparecidos. Ambos bandos están agotados tras casi cinco años de ofensivas, sanciones y enjambres de drones, y cada vez incorporan tecnología más avanzada para torcer la mano de su rival.
Todo indica que seguirá siendo una guerra de desgaste, donde ninguna innovación resulta definitiva por sí sola. El frente espacial es apenas el capítulo más reciente de una carrera tecnológica que, por ahora, seguirá ocurriendo una guerra de desgaste, la cual terminará con el último hombre en pie.
04 de Septiembre, 2026
04 de Septiembre, 2026