Cómo fue el Procurement del palacio más costoso de la historia

Cómo fue el Procurement del palacio más costoso de la historia

Daniel Moreno C. Por Daniel Moreno C.

01 de Octubre, 2026

En la madrugada del 6 de octubre de 1789, tras acampar toda la noche a las afueras de un tremendo recinto, una avanzada de la multitud que había marchado desde París encontró un acceso sin vigilar: Fue como la fuga que ocurre en un sistema, ya que nadie los pudo frenar. Quienes no pudieron escapar fueron los poderosos: los reyes de Francia.

La Révolution française (película de 1989).

Enjambres de ciudadanos enardecidos irrumpieron en el palacio. Avanzaron por los pasillos, se enfrentaron a los guardias reales (a varios de los cuales decapitaron) y llegaron hasta los aposentos de María Antonieta, quien se encontraba escondida en las habitaciones de Luis XVI. Ese mismo día, la familia real fue obligada a abandonar Versalles para siempre y trasladarse a París, donde quedaron a merced de la plebe revolucionaria.

Los asaltantes lograron su objetivo, pero la furia no los dejaba de consumir mientras avanzaban con los prisioneros hacia la capital. Momentos antes, mientras más se acercaban a los aposentos del rey, los espejos de la Gran Galería les devolvía su propio reflejo, con sus ropas plebeyas y manchadas con la sangre de los guardias, mientras el oro, el cristal y la seda se acumulaban a su paso de forma interminable. El contraste los desquició.

¿Para qué se podría necesitar tanto lujo? Casi 130 años después de su construcción, la pregunta todavía desborda a muchos. ¿Qué se necesitó para su construcción? Para eso sí hay una respuesta.

 

Una cárcel de nobles sobre un pantano

Versalles queda a 19 kilómetros de París y eso tiene una razón de ser. El rey Luis XIV trasladó allí su corte en 1682 para alejar a la nobleza de cualquier foco de conspiración, obligándola a vivir bajo su propia mirada, consumiendo su tiempo y su fortuna en una etiqueta cortesana diseñada para ese propósito. Fue una jugada maestra para terminar con una nobleza que antes controlaba a los monarcas, pero que ahora pasaba a depender por completo de ellos.  No se caía ninguna pieza de seda sin que Luis no supiera.

Retrato de Luis XIV, el Rey Sol (Hyacinthe Rigaud, 1701).

La primera decisión cuestionable de abastecimiento fue el propio terreno: antes de levantar un muro hubo que sanear un pantano, y buena parte de los cerca de 36.000 obreros que trabajaban en el proyecto hacia 1680 contrajo malaria por las aguas estancadas. Por cierto, circula mucho la cifra de que la construcción consumió el 60% del ingreso anual del reino, pero esa cuenta no tiene un respaldo documental sólido. Eso sí, las estimaciones de su costo total rondan entre los 2.000 millones de dólares e incluso los 300.000 millones según un documental estadounidense. 

Independiente del monto exacto, se necesitaron 100.000 árboles de madera necesarios para la fábrica de 14 ruedas hidráulicas gigantes y los enormes diques y empalizadas para desviar el río Sena (para lo cual se talaron bosques enteros de la región); 17.000 toneladas de hierro para producir las uniones, cadenas, manivelas y pernos y 800 toneladas de plomo para sellar las juntas de las conexiones, entre muchos otros elementos. 

 

Un proveedor que nunca cumplió

La segunda barrera por sortear fue que las fuentes del jardín necesitaban más agua de la que estaba disponible, así que Luis XIV ordenó construir la Machine de Marly, una obra de ingeniería que costó 5,5 millones de libras tornesas (más de 100 millones de dólares actuales frente a un presupuesto de la época mucho menor), la cual requirió 1.800 trabajadores para su construcción y que debía elevar aguas del Sena en un tramo de casi 10 kilómetros y con un desnivel de 150 metros. Si bien funcionó por 133 años, nunca entregó el caudal prometido y exigió reparaciones constantes. Es un ejemplo concreto de un proveedor estratégico, en este caso unos especialistas belgas, que no cumple el contrato al 100% pero del que no se puede prescindir ante la falta de alternativas.

 

Espías en Venecia

Uno de los lugares más icónicos del Palacio es la Gran Galería de Espejos, cuyo aprovisionamiento fue una misión inicialmente imposible, ya que para esto Francia dependía por completo de Venecia, la cual era el único productor de espejos de calidad en Europa. El costo ya estaba resultando altísimo para el Estado francés, el cual se encontraba sumergido en una serie de guerras, por lo que una mayor fuga de capitales era inconcebible. 

En 1665, bajo la dirección de su ministro de finanzas Jean-Baptiste Colbert, Luis XIV envió agentes secretos a la ciudad para terminar con su monopolio y fundó la Manufactura Real de Espejos, reclutando artesanos venecianos y replicando sus ideas para lograr imitar la tecnología necesaria. La ciudad-estado italiana respondió prohibiendo a sus propios maestros trabajar en el extranjero, algo que no fue suficiente, ya que los 357 paneles de cristal se fabricaron igual, burlando su bloqueo económico. 

La Gran Galería de Espejos, una de las áreas más icónicas del palacio.

 

Una factura que no termina con la Revolución

Mantener Versalles tampoco resultó gratis tras el reinado de Luis XIV. Su mantenimiento fue igual o incluso más caro, con un presupuesto operativo de 170 millones de euros anuales para la institución que gestiona todo el recinto, un cuidado especial que no siempre existió. 

Tras la Revolución, el palacio fue saqueado, sus obras de arte trasladadas al Louvre y buena parte de su mobiliario rematado en una serie de subastas, cayendo en un descuido absoluto. Llegó incluso a funcionar como cuartel para los regimientos de los cosacos rusos que ocuparon París tras la primera caída de Napoleón. 

Funcionó como un almacén estatal hasta 1837, cuando el Rey Luis Felipe lo convirtió en museo, mientras que en en la guerra Franco Prusiana funcionó como cuartel general del ejército alemán durante el sitio de París de 1870. El punto más bajo de su historia para Francia llegó en 1871, cuando en la Gran Galería fue proclamado el Imperio Alemán, una humillación que devolvieron en 1919 con la firma (en esa misma sala) del Tratado de Versalles, el cual puso fin a la Primera Guerra Mundial pero cuyas duras condiciones sembraron el inicio de la segunda.

Proclamación del Imperio Alemán en la Gran Galería de Espejos del palacio (Alex Von Werner, 1885).

Firma del tratado de Versalles en 1919. William Orpen.

Hoy vuelve a ser un museo que recibe más de 7 millones de visitantes al año y actúa como un reflejo vivo de los periodos más decisivos de la historia de Francia. Sin embargo, su construcción representa un caso de contratación pública donde el fin justificó los medios, ya que este ícono mundial significó un lujo que en su momento llevó al Estado francés a su límite y anticipó una revolución que cambió el mundo.

 

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