Por Daniel Moreno C.
25 de Septiembre, 2026
Las multitudes con vasos y jarras en la mano se mezclan con los Alpes. Antes era un campo en donde los locales se juntaban a tomar cerveza, pero hoy es un plaza abierta de asfalto y tierra ubicada en el corazón de la ciudad alemana de Múnich, donde millones de personas de todos los rincones se reúnen para este acto casi sagrado.
¿Sabían que se necesitan más de 1000 camiones cargados de acero, madera y cocinas industriales, y una red de tuberías subterráneas bombeadoras de cerveza para sostener este milagro logístico?¿Cuál es su origen? ¿Cómo llegó a otros países y por qué se celebra fuera de Alemania?
Un matrimonio real como excusa
“No hay pasión, pero es provechoso para el futuro” dijo Luis de Baviera sobre su futuro matrimonio con la princesa Teresa de Sajonia – Hildburghausen.
Era 1810 y la Francia napoleónica dominaba Europa. Eran tiempos turbulentos para todas las monarquías del continente, ya que Napoleón, además de encarnar el fantasma de la Revolución Francesa, solía forzar a los gobernantes locales a casarse con miembros de su familia para así tener a sus estados bajo control: Incluso la propia hermana de Luis había sido obligada a casarse con el hijastro del emperador francés.
Volviendo a la pareja, Teresa era protestante y Luis era católico (algo problemático para la época) y, más encima, solo se habían visto con anterioridad dos veces. Aun así, el príncipe heredero la eligió rápidamente para evitar que su reino y dinastía perdieran su independencia a manos de los Bonaparte. El 12 de octubre de ese año esa posibilidad dejó de ser, cuando ambos fueron declarados marido y mujer.
Como se imaginarán, las celebraciones tenían que estar a la altura y se decidió incluir al pueblo: Fueron cinco días de música, ópera, carnaval y cerveza gratuita que culminaron el 17 de octubre, con un una carrera de caballos en un campo a las afueras de la ciudad, a la que asistieron cerca de 40.000 personas, casi toda la población de Múnich de ese entonces… Nada mal para un matrimonio con fines políticos.

El primer Oktoberfest, celebrado en 1810 por más de 40.000 asistentes. Cuadro de Peter Von Hess.
Desde entonces, ese lugar se llama Theresienwiese o el prado de Teresa, que fue absorbido completamente por la ciudad y en cuyos suelos se hacen millones de brindis al año hasta el día de hoy.
La fiesta cruzó fronteras de la mano de las comunidades de inmigrantes alemanes que se instalaron en distintos puntos de América Latina durante el siglo XX. En Argentina destaca la festividad de Villa General Belgrano, la cual alberga la Fiesta Nacional de la Cerveza desde 1963.
Blumenau, en el sur de Brasil, organizó su primer Oktoberfest en 1984 para subir los ánimos tras una inundación de la localidad, pero que hoy convoca entre 500.000 y 700.000 visitantes a lo largo de sus 18 días de fiesta, lo que la convierte en la más grande de América Latina.
A orillas del lago Llanquihue, en el sur de Chile, se mantiene desde ese mismo año una versión pensada para preservar las costumbres de los primeros colonos alemanes llegados con Vicente Pérez Rosales. Cada una conserva el espíritu original y funcionan como excusa para que comunidades enteras (y quien quiera sumarse) se reúnan alrededor de la cerveza, aunque ya no haga falta un matrimonio de la realeza de por medio. Hoy es un fenómeno bastante generalizado y son decenas las urbes que lo celebran, sobre todo en megaciudades como Santiago, Lima y Ciudad de México.

Okotberfest de Malloco, Chile. 2023. Créditos a la organización.
Una ciudadela express
Un estereotipo muy común de los alemanes dice que estos planifican y preparan absolutamente todo con mucha anticipación… y déjenme decirles que en esta ocasión se cumple cabalmente. En Múnich, los preparativos arrancan con 82 días antes de la inauguración, casi siempre a finales de junio. El armado del recinto de Theresienwiese, hoy unas 42 hectáreas de tierra y asfalto que el resto del año son un parque vacío, sigue un cronograma dividido en fases para que los equipos no se estorben entre sí: Todo un reloj sui… bávaro.
Primero se levantan 17 carpas principales, cada una equipada con hasta 35.000 metros cuadrados de piso, cocinas industriales y estructuras de acero y madera, todo lo cual requiere el uso de más de 1.000 camiones para el traslado de materiales. Vale mencionar que esta es recién la primera fase.
En agosto, se suman las carpas medianas y pequeñas y, cuando el mes llega a su fin, también lo hacen las ruedas de la fortuna, las montañas rusas y los puestos de juegos y souvenirs.
Solo unos días antes de comenzar, el cuerpo de bomberos de la ciudad y el organismo técnico alemán TÜV (o Technischer Überwachungsverein para quien quiera intentar pronunciarlo), revisan cada tornillo, instalación eléctrica y conexión de gas antes de otorgar el permiso final.
El cervezaducto
Toda la infraestructura está lista, pero falta lo más importante. Por ley, solo seis cervecerías pueden vender dentro del recinto: Las marcas Augustiner, Hacker-Pschorr, Hofbräu, Löwenbräu, Paulaner y Spaten, todas originarias de Baviera y conocidas como las “Seis Grandes”, las cuales comienzan a producir su Oktoberfestbier a comienzos de año para tener stock suficiente.
Ya tenemos las cervezas, pero dicen que no hay peor cosa que una birra tibia, por lo que el siguiente desafío es mantener frías y llenas a decenas de miles de jarras de forma simultánea, sin que un solo camión cisterna tenga que abrirse paso entre la multitud y arruinar el momento. ¿Cómo?
Carpas como la de Paulaner resuelven este contratiempo con un moderno sistema de tuberías subterráneas, las cuales conectan tanques de 28.000 litros directamente con los puestos de venta. Todo esto ocurre mientras un software monitorea en tiempo real la presión y la temperatura de cada línea, avisando a la central de control si el consumo se dispara para ir rellenando las cisternas. Salvaguardando las escalas, es un sistema a la altura de los acueductos romanos, ¿no creen?

A través de un circuito de tuberías subterráneas, Paulaner bombea la cerveza del festival de forma rápida y desde los depósitos hasta los grifos, un proceso asistido por un software provisto por Siemens. Imagen: Siemens.
A esa ingeniería se suma una capa de infraestructura pública que por sí sola supera a la de muchas ciudades medianas: kilómetros de cableado eléctrico de alta tensión y subestaciones dedicadas para que las montañas rusas y las cocinas no sufran apagones, redes temporales de agua potable y alcantarillado para las cocinas y los miles de baños y hasta una oficina de correos, una comisaría, un centro de objetos perdidos y carpas médicas de la Cruz Roja instaladas dentro del propio recinto. Una ciudadela moderna y express como la levantada por el Shah de Irán en 1971, pero centrada en la calidad y proximidad de sus servicios y sin un lujo excesivo.
A diferencia de esta última, todo esto se desmonta en cuestión de semanas después del término de la fiesta y el “prado” vuelve a ser un simple descampado, como si nada hubiera pasado.
Se estima que este año serán cerca de 6 millones las personas que pasen por el Theresienwiese. De todas estas, la mayoría estarán con las manos ocupadas y no pocas vestidas con los trajes típicos de Baviera. No es algo malo, pero mucho dista esta celebración de la organizada por Luis y Teresa. Además de orientarse ahora para festejar en torno al consumo del elixir dorado, una actividad tan simple e icónica como tomar una cerveza en medio de la altitud de los Alpes requiere una organización e ingeniería descomunal, y vaya que han estado a la altura.