Por Daniel Moreno C.
18 de Mayo, 2026
Siempre lo despierta el mismo sonido: la vibración metálica cuando los generadores cambian de carga. El investigador Ethan Walker abre los ojos y durante unos segundos no sabe si son las seis de la mañana o las seis de la tarde: es el día 94 en el que no ve la luz del día.
Se demora en vestir. Primera capa térmica… Segunda capa… Parka… Guantes. En la Base Amundsen-Scott, incluso caminar unos metros sin protección puede quemar la piel en minutos. La humedad rara vez supera el 1 %. El aire duele, la temperatura exterior ronda los -60 °C y el viento convierte cualquier descuido en un gran problema. ¿Quién en su sano juicio se iría a un lugar así?
No fue solo la ciencia lo que llevó a Ethan hasta el Polo Sur. Había algo más difícil de explicar: El silencio, el estar en un lugar donde el mundo moderno simplemente desaparece. Afuera no hay ciudades, notificaciones ni tráfico: solo hielo, viento y una oscuridad absoluta.
Quienes visitan el continente suelen volver distintos. Un ejemplo claro es Felipe Manterola, nuestro Director de Procure Latam, quien hace unos meses aceptó sin dudar una invitación inesperada y se embarcó en Punta Arenas rumbo a una expedición por la Península Antártica.

Vista característica de la Península Antártica en un verano austral: pingüinos, roqueríos y nieve derretida. En el Polo Sur el panorama cambia. Foto: Felipe Manterola.
Al igual que Ethan, Felipe conectó con lo imponente, con ese silencio ensordecedor, con la belleza brutal de un territorio ajeno al resto del planeta. Comprendió la dimensión humana y la logística de un territorio donde sobrevivir más que nunca depende de una cooperación y determinación casi obsesiva. Una que nos empujó a no perecer durante la Era del Hielo.
Ethan, en cambio, no está de paso. Lleva meses viviendo allí.
En el comedor de la Base Amundsen Scott el desayuno parece abundante, pero nada allí ocurre al azar. Los huevos, la fruta deshidratada y hasta la leche en polvo fueron calculados meses antes por equipos logísticos en base al número exacto de personas que pasarán allí el invierno. Nadie se muere de hambre en Amundsen-Scott, pero tampoco sobra nada.
La base es una estructura suspendida sobre pilotes hidráulicos en medio de una meseta blanca a 100 metros del polo sur geográfico y a 2.835 metros de altura. Durante el verano austral puede albergar cerca de 150 personas; en invierno, cuando llega la noche polar y los vuelos desaparecen, quedan apenas unas 40 o 50. Desde ese momento, Amundsen-Scott puede pasar ocho meses completamente sola.

La primera base fue construida en 1957, mientras que el centro actual fue completado en 2018. Créditos: Jeff Warneck.
La comida en cada plato caliente que recibe Ethan y cada litro de combustible que alimenta la calefacción recorrieron miles de kilómetros para llegar a la estación, la cual depende de una de las operaciones logísticas más extremas del planeta: Deep Freeze.
se movilizan cada temporada millones de kilos de carga. Barcos cargueros cruzan el Pacífico hasta la base McMurdo escoltados por rompehielos, mientras convoyes terrestres atraviesan la llamada “autopista McMurdo-Polo Sur”: unos 1.600 kilómetros de nieve recorridos por tractores Caterpillar que arrastran combustible y contenedores.

Recorrido de la carretera de McMurdo al Polo Sur. Imagen: New Scientist
Desde la Base McMurdo, a unos 1.300 kilómetros de distancia, despegan regularmente los LC-130 Hércules de la Fuerza Aérea estadounidense, aviones gigantes con esquíes capaces de aterrizar sobre hielo.
Operan únicamente entre octubre y febrero, cuando se abre una breve ventana de estabilidad climática y la pista Jack F. Paulus, una franja de hielo compactado de 3.658 metros, se encuentre operativa. Durante esos meses llegan comida, repuestos, equipos científicos y combustible. Lo suficiente para sobrevivir el resto del año.

Un LC-130F Hércules equipado con esquíes de hielo aterrizando en la pista Jack F. Paulus. Foto: Carlos de los Heros.
La energía mueve todo. Los generadores mantienen con vida los laboratorios, derriten nieve para producir agua potable y alimentan la calefacción que impide que la estructura se transforme en un congelador inhabitable. La estación tiene sistemas redundantes; si uno falla, otro entra en funcionamiento. En el Polo Sur no existe margen para improvisar.
Quizás por eso la base lleva los nombres de Roald Amundsen y Robert Falcon Scott, los dos exploradores que protagonizaron la carrera más famosa hacia el Polo Sur en 1911. Amundsen llegó primero. Scott llegó después y murió congelado durante el regreso junto a parte de su expedición. La estación parece construida precisamente para evitar tragedias como esa y como recordatorio de la implacabilidad antártica.
Por dentro, Amundsen-Scott se siente menos como una base polar y más como una mezcla extraña entre submarino y nave espacial. Hay dormitorios, talleres, laboratorios, cocina industrial, observatorios, gimnasio, biblioteca, salas de televisión, sauna e incluso una pequeña cancha de básquetbol. ¿El objetivo? Mantener la moral alta, algo clave para mantener a la base funcionando.

Everhagen Blog
Ethan trabaja analizando datos atmosféricos y colaborando con experimentos vinculados al observatorio IceCube, enterrado bajo el hielo antártico. Sus días transcurren entre pantallas, y túneles calefaccionados. Por las noches juegan cartas, levantan pesas o ven películas descargadas meses atrás. Afuera, solo existe oscuridad y hielo.
Quizás eso es lo más interesante de la Antártida: en el continente más hostil del planeta, donde cada litro de combustible y cada caja de alimentos puede definir la supervivencia de una estación, incluso países que compiten en casi todo terminan colaborando. Mantener viva una cadena de suministro en el Polo Sur requiere coordinación, confianza operativa y una compleja red entre científicos, militares, ingenieros y operadores logísticos.
Los que trabajan en abastecimiento entienden bien esa lógica. Hay espacios donde las empresas compiten ferozmente y otros donde colaborar se vuelve inevitable para generar resiliencia y continuidad operacional. En cierta forma, Procure Latam nació también desde esa idea: crear un espacio donde la conversación entre líderes de supply chain y procurement permita construir algo más grande que la suma de cada operación individual.
Antes de dormir, Ethan mira por una de las ventanas de la estación. El termómetro exterior marca -68 °C. No existe amanecer y no existe atardecer, solo una noche inmensa suspendida sobre el hielo, algo que se repetirá por meses hasta que el sol finalmente vuelva a aparecer sobre el blanco horizonte.

Smithsonian Magazine