Por Daniel Moreno C.
27 de Abril, 2026
Primero lo hizo Teherán, ahora es el turno de Estados Unidos. El bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que transita cerca del 20% del petróleo mundial, provocó en marzo de este año la caída de las exportaciones de crudo en un 60% a nivel global, lo que tiene en jaque a cadenas de suministro completas y ha generado repercusiones económicas en gran parte del mundo.
Sin embargo, no es la primera vez que Irán está en la mira de la comunidad internacional por motivos logísticos de fondo. Ahora es por la guerra con Israel y EE. UU., pero lo que pasó hace 55 años fue todo lo contrario: Una estrafalaria celebración con banquetes y lujos que terminaría costándole eventualmente al entonces monarca persa, Mohammad Reza Pahleví, su trono. La factura está estimada en torno a un valor actual de 300 millones de dólares y entró en el Libro Guinness como el más fastuoso y extravagante de la historia.
En 1971, antes del establecimiento de la república islámica, el Shah Pahleví llevó a cabo un evento sin precedentes para conmemorar los “2,500 años del Imperio Persa”. Se realizó en las ruinas de la antigua capital de Persépolis, la mítica ciudad arrasada por Alejandro Magno en el 330 a.C., con el objetivo de promocionar la cultura iraní y mostrar la modernización del país bajo su reinado.
Lo que siguió fue una operación logística de escala internacional.
La celebración duró cinco días y reunió a más de 600 invitados, entre ellos jefes de Estado, monarcas y figuras políticas de todo el mundo. El emperador Haile Selassie de Etiopía, el rey Hussein de Jordania, Felipe de Edimburgo y Juan Carlos I de España (entonces príncipe heredero) fueron algunos de los asistentes. En contraste, casi ningún iraní estuvo presente.
El primer desafío fue el lugar. Persépolis no solo estaba lejos de los principales centros urbanos, sino que carecía de la infraestructura necesaria para albergar un evento de tal magnitud. La solución fue radical: construir una ciudad desde cero en medio del desierto. Así nació la “Ciudad de Tiendas”, un complejo de más de 65 hectáreas diseñado por el estudio francés Maison Jansen. Incluía 50 apartamentos (con aspecto de tiendas persas) prefabricados a las afueras de París, ensamblados en la nueva villa y equipados con dormitorios, baños, cocinas y personal disponible las 24 horas.

Así se veía la sala de banquetes durante las celebraciones de los 2,500 años del Imperio Persa. Créditos: Abbas/Magnum Photos.
Con respecto a la comida, se sirvieron 18 toneladas de alimentos importados, en su mayoría procedentes de Francia. 2,700 kilos de carne de res, 1,000 kilos de caviar, 250,000 huevos, 1,000 botellas de vino de Burdeos y 2,500 botellas de champaña fueron trasladados al desierto iraní para el deleite de los asistentes. Por su parte, el catering estuvo a cargo del restaurante parisino Maxim’s, el cual cerró durante dos semanas para trasladar a sus chefs y equipamiento a la villa.
Por otro lado, el equipo de Pahleví externalizó la operación para contar con la mano de obra necesaria. Se contrataron cientos de arquitectos y diseñadores de interiores franceses, además de marcas de alta gama como Limoges, Porthault y Lanvin, que formaron parte de un estándar de lujo.

Vista aérea de la Ciudad de Tiendas, en medio del desierto.
La elección de proveedores no respondió a criterios de eficiencia ni de costo. Fue, en gran medida, una decisión basada en el gusto personal y el prestigio internacional. El resultado fue una cadena de abastecimiento diseñada para maximizar impacto, no optimización.
El esfuerzo logístico fue monumental. Los preparativos comenzaron con más de un año de anticipación y, durante casi seis meses, la fuerza aérea iraní realizó vuelos constantes entre París y Shiraz (a 50 kilómetros de la villa construida) para transportar materiales, estructuras y equipos. Desde allí, camiones del ejército completaban el trayecto hacia Persépolis. Incluso se construyeron carreteras e infraestructura aeroportuaria para asegurar el flujo continuo de suministros y personas.
Pero quizás el símbolo más evidente del exceso fue el intento de transformar el desierto en un jardín. Se importaron alrededor de 15,000 árboles y un número similar de plantas florales. Se hizo lo mismo con 50,000 aves cantoras procedentes de Europa y alrededor de 20,000 gorriones, muchos de los cuales no sobrevivieron al clima extremo, evidenciando las tensiones entre la excéntrica ambición del Shah y la viabilidad operativa del proyecto.
Todo debía funcionar perfectamente. Cada traslado, cada montaje, cada servicio respondía a una planificación milimétrica. Sin embargo, el objetivo no era eficiencia, sino espectáculo. La disposición de 250 limusinas Mercedes Benz para el traslado de las personalidades es reflejo de aquello.
En contraste con el presente, donde el problema en el estrecho de Ormuz es la interrupción del flujo, en 1971 el desafío fue exactamente el opuesto: sostener un flujo artificial, costoso y completamente desconectado de su entorno.
Ambos casos, separados por más de medio siglo, revelan lo mismo: las cadenas de suministro no solo sostienen economías o experiencias. También reflejan decisiones y, cuando estas se desconectan de la realidad, incluso la operación más impresionante puede volverse insostenible. En el caso del Shah, los costos monetarios fueron ignorados. Sin embargo, con el tiempo surgió uno aún mayor: el creciente descontento social e inestabilidad política del país, que terminó con su derrocamiento en 1979.
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