Por Max Díaz
24 de Enero, 2026
Vinland Saga es una serie de cómics sobre la venganza, el perdón y la vergüenza. Su adaptación, que se ha hecho famosa por sus citas célebres como tú no tienes enemigos, nadie tiene, sigue la historia de Thorfinn, hijo de Thors, un guerrero vikingo asesinado por Askeladd. Buscando retarlo a un duelo y hacer justicia por su padre, Thorfinn comienza a trabajar para Askeladd hasta que él le conceda el combate. Esto lo lleva a la guerra por la Corona de Inglaterra y, posteriormente, a buscar sentido fuera de la venganza. Es una historia que ocurre, sobre todo, al norte de Europa: Groenlandia, Dinamarca, Islandia, Gales o las Islas Feroe. Su objetivo final es llegar a Vinland —actual Norteamérica—, un lugar lejos de la espada vikinga y sus ciclos de violencia, donde Thorfinn se plantea rehacer su vida.
Los mapas mentales del Procurement suelen estar marcados por algunos puntos tradicionales donde el riesgo es el protagonista: el Estrecho de Malaca, el Canal de Panamá, las fábricas de semiconductores en Taiwán o el Estrecho de Ormuz. Sin embargo, al norte de todos estos puntos, tocando el Círculo Polar Ártico, hay una geografía virgen que podría ser el epicentro de una nueva guerra fría. Es un país pequeño llamado Groenlandia.

Groenlandia es un país con una extensión enorme, donde solo viven 56,000 personas.
Groenlandia es un territorio lleno de hielo y nieve. Una extensión masiva de tierra donde reposan las potencias de la transición energética y la soberanía ártica. Hoy, ha vuelto a estar en la palestra por los intereses geopolíticos de Trump. Sin embargo, para comprender su ansiedad por hacerse con el país del hielo, primero hay que conocer a sus fundadores vikingos, sus propios fallos en el suministro y los movimientos de colonización daneses.
Esto pasó hace 4,500 años: una isla inhóspita, aún sin nombre, recibe a sus primeros habitantes. Pequeños pueblos que cruzaron desde el ártico canadiense, caminando sobre el hielo marino del Estrecho de Nares. Las primeras culturas, conocidas como Saqqaq e Independencia I, llegaron al norte de la actual Groenlandia: un desierto polar donde la nieve les partía la piel y ellos intentaban sostenerse con una tecnología prehistórica. Su equilibrio con la naturaleza era precario, y cualquier cambio en las rutas de los animales o un invierno más duro que el anterior rompían las cadenas de suministro alimentarias, amenazándolos constantemente con la extinción.

Vista de la base aérea de Thule, en el primero de los tramos del Estrecho de Nares.
Cerca del 800 a.C., surgieron los Dorset. A diferencia de sus predecesores, desarrollaron tecnologías más avanzadas para cazar sobre el hielo marino. Pusieron sus ojos sobre las morsas y las focas: animales ricos en carne y grasa. Sin embargo, tenían poca capacidad de carga, así que sus cacerías debían ser contenidas.
La primera revolución logística llegó el 1,200 d.C. La cultura Thule —ancestros directos de los inuit modernos— pisó el hielo de Groenlandia. Conocieron la rudeza del territorio de primera mano y supieron que su tecnología no sería suficiente.
Los Thule innovaron con los trineos de perros para mover cargas pesadas y los umiaks y kayaks, embarcaciones mucho más complejas que les permitieron cazar grandes mamíferos, como las ballenas de Groenlandia, que podían proporcional toneladas de carne y combustible. Suficiente para todo un invierno.
En paralelo al desarrollo de las culturas locales, nuevos vecinos se fueron instalando: los nórdicos comenzaron sus asentamientos con Erik el Rojo, un profeta del paganismo que había sido exiliado de Islandia tras asesinar a los hijos de su vecino, que se había negado a devolverle unas vigas de madera que tenían un gran valor religioso y material. Erik el Rojo lideró una flotilla de 25 barcos de camino hacia el oeste. Once se hundieron en el camino, y los catorce restantes fundaron los asentamientos Oriental y Occidental de Groenlandia.

Erik el Rojo en un grabado de 1688.
Los colonos no eran autosuficientes. Dependían de una cadena de suministro transatlántica. Exportaban productos lujosos a Europa para pagar por bienes esenciales, como hierro y granos. A cambio, entregaban marfil de morsa, con el que los europeos hacían piezas de ajedrez; pieles de oso polar y cuerdas de piel de morsa.
Sin embargo, hacia el siglo XV los nórdicos desaparecieron de la isla. La peste negra redujo la demanda, y la posterior apertura de rutas comerciales con África y el Levante inundó Europa con marfil de elefante, de mayor calidad y más fácil de obtener. A esto se le sumó la Pequeña Edad de Hielo del siglo XIV, que decantó en una producción insuficiente de heno y un hielo marino tan grueso que los barcos, simplemente, se posaban sobre él. Navegar se hizo imposible y el suministro de bienes esenciales se cortó. Por último, los Thule se habían expandido hacia el sur buscando los mismos recursos, y tecnologías como la ropa de piel ajustada o los arpones les dieron una ventaja competitiva sobre los nórdicos.
Pasaron siglos. Para el año 1721, Hans Egede bajó de un barco en las frías costas de Groenlandia. Egede esperaba encontrar asentamientos vikingos para evangelizarlos en la fe luterana. Temía que sus descendientes permanecieran católicos tras la Reforma del siglo XVI.
Pero lo único que encontró fueron ruinas. Egede se dedicó, entonces, a la población inuit, fundó la actual capital de Nuuk —en esa época llamada Godthåb, o Buena Esperanza— y se dedicó a sus estudios.

Hans Egede, por Johan Horner.
Egede se dedicaba, además de la religión, a la alquimia. Para financiar su colonia, necesitaba encontrar recursos rentables, y si bien la pesca y la caza de ballenas eran opciones bastante obvias, se decidió a buscar minerales. En sus cartas, describió experimentos donde intentaba transmutar minerales locales y, para 1740, reportó la presencia de grafito. Tras tocar el mineral de carbono, se llenó de esperanza y comenzó a liderar expediciones buscando oro y plata.
El misionero nunca logró transmutar oro —algo que, dicho sea de paso, está prohibido por las leyes de la alquimia—, pero sentó un precedente: Dinamarca puso un ojo sobre Groenlandia y sus potenciales recursos para entregar a la Corona.
La ubicación de Groenlandia ha definido cada aspecto de sus expediciones. La mayor parte de la isla está al norte del Círculo Polar Artico. Esto implica estacionalidades extremas, con meses de total oscuridad en invierno y un sol radiante en la medianoche veraniega. Algo que limita las ventanas operativas para la minería y el transporte a unos pocos meses del año.
Quienes busquen recursos en Groenlandia también deberán enfrentarse al Indlandsis, una capa de hielo de hasta tres kilómetros de espesor que cubre el 80% de la isla. A pesar de ser enorme, los asentamientos humanos han visto su territorio reducido a estrechas franjas costeras que, además, demandan autosuficiencia en todos los niveles de suministro: agua, calefacción y alimentos. No existen las redes nacionales para abastecerse.

Vista aérea de la capa de hielo en la costa este de Groenlandia. Foto por Hannes Grobe.
Para enfrentarse al territorio, Dinamarca estableció el Kongelige Grønlandske Handel, o Real Departamento de Comercio de Groenlandia. Desde 1774 hasta mediados del siglo XX, el organismo tuvo el monopolio total del comercio. Compraba los productos a los cazadores inuit con precios definidos por ellos. Alegando protección a los pueblos y la cultura inuit, Dinamarca cerró la isla. Nadie podía salir ni entrar sin un permiso expreso de Copenhague, generando una burbuja donde había una dependencia total hacia los daneses.
Antes de que se hablara de litio o neodimio, las excavaciones en Groenlandia ya comenzaban a abastecer al globo. En 1799, se descubrió en el fiordo de Arsuk, al suroeste de Groenlandia, un yacimiento de un mineral blanco y extraño. Era criolita. Para entonces, nada más que una curiosidad geológica, que los inuit usaban para ponerle peso a sus redes. La mina fue bautizada como Ivittuut.
La criolita se mantuvo sin valor comercial hasta finales del siglo XIX, cuando se desarrollaron los procesos para la producción de aluminio, uno que requiere disolver el óxido en un baño de sal fundida para electrolizarlo. La criolita resultó ser perfecta para este proceso, reduciendo puntos de fusión y haciendo que la producción de aluminio fuese viable, tanto económicamente como a escala industrial. Groenlandia poseía el único depósito comercialmente viable del mundo. Cualquier compañía que necesitase aluminio barato necesitaba pedirlo a los daneses.

Cuando acabó la actividad extractiva, Ivittuut se convirtió en un pueblo fantasma.
Durante la Segunda Guerra Mundial, la importancia de Ivittuut siguió aumentando. Tras la ocupación de Dinamarca por la Alemania nazi en 1940, los aliados temieron que los alemanes se hicieran con el control de la mina o la destruyeran. Estados Unidos, bajo un acuerdo con el embajador danés, asumió la protección de Groenlandia e instaló baterías costeras y tropas para proteger el mineral. Algo que, inevitablemente, terminó por alimentar las fundiciones de aluminio norteamericanas. Ivittuut operó por 130 años, hasta que el yacimiento se agotó. Se estima que sus ingresos fueron de, más o menos, 54,000 millones de dólares al valor actual.
Si bien este antecedente parece glorioso para Groenlandia, tuvo ciertos desvíos: la mayoría de los ingresos por la explotación de las minas se fueron directamente hacia Dinamarca, financiando el desarrollo de Copenhague. Desde entonces, Groenlandia señala a Ivittuut como prueba de que su país tiene el potencial de la riqueza, pero que ha sido saqueado. Un antecedente importante para el conflicto actual sobre las tierras raras.
La relación entre Groenlandia y Dinamarca ha pasado por fases de colonialismo clásico, integración forzada y autonomía progresiva. Marcos legales vitales a considerar por cualquier inversor del abastecimiento. Para 1953, una reforma constitucional abolió el estatus de colonia para Groenlandia y pasó a convertirse en un condado. A partir de entonces, Copenhague intentó modernizar la isla a la fuerza, cerrando asentamientos urbanos y trasladando a la población a bloques de apartamentos; se priorizó el idioma danés en las escuelas y se ejercieron campañas que los groenlandeses resintieron profundamente, como la campaña de control de natalidad en los ‘60 y ‘70.

Inuit groenlandés.
Esto llevó a Groenlandia al primer Brexit del continente. El país abandonó la Unión Europea tras obtener su autonomía en 1979, que terminó por hacerse efectiva seis años después.
Hoy, Groenlandia tiene estatus de País y Territorio de Ultramar (PTU) asociado a la UE, una categoría que le da acceso libre de aranceles al mercado europeo para sus productos pesqueros, sin mantener al país sujeto a las regulaciones de Bruselas, ni obligándolo a cumplir con las cuotas de pesca automáticas a barcos de la UE.
A pesar de su autonomía política, la dependencia económica hacia Dinamarca sigue siendo fuerte, con los daneses transfiriendo subsidios anuales y teniendo injerencia sobre el presupuesto del país. Tratos que levantan la duda de cómo reemplazar ese flujo de efectivo para permitirse la independencia total. La respuesta, para muchos, está bajo tierra: los minerales.
Desde entonces, Groenlandia ha estado construyendo un proceso de independencia progresivo e institucionalizado. Desde 1979 hasta ahora, se ha planteado una hoja de ruta clara en torno a siete pasos para guiar esa transición, que incluye, entre otras cosas, un referéndum público y negociaciones con Dinamarca. El panorama político actual apoya la independencia, sin embargo, temen perder la seguridad danesa.
La geología de Groenlandia tiene una variedad que llama a los conflictos geopolíticos. Cerca de Narsaq, al sur de Groenlandia, está el yacimiento Kvanefjeld, uno de los depósitos de tierras raras y uranio sin explotar más grandes del planeta. Se estima que contiene más de 1,000 millones de toneladas de recursos, incluyendo neodimio, praseodimio, disprosio y terbio, elementos críticos para imanes permanentes de motores eléctricos y turbinas eólicas.

Kvanefjeld, el lugar donde estaría el yacimiento minero.
Sin embargo, no se pueden extraer las tierras raras sin extraer también el uranio. Aunque hay empresas —como la australiana Energy Transition Minerals— que han participado de proyectos para su extracción, el año de 2013 el parlamento instauró la prohibición total a la minería de uranio. Los residentes temen que el polvo radiactivo y la contaminación del agua destruyan la agricultura, la pesca y el turismo.
El cambio climático es uno de los factores más importantes en la búsqueda de obtener materiales. Las temperaturas de Groenlandia aumentan al doble de la velocidad que el promedio mundial. Y las potencias económicas y militares lo tienen bastante claro.
El retroceso de la capa de hielo expone nuevas áreas de tierra que antes estaban cubiertas por glaciares milenarios. Las zonas inaccesibles ahora pueden ser prospectadas, y se han identificado nuevos cinturones de rocas verdes con potencial para oro, cobre, níquel y elementos del grupo platino. También existe la posibilidad de temporadas operativas más largas. Sin el hielo marino bloqueando los fiordos, la ventana de tiempo para enviar suministros ha pasado de los dos meses a los cinco.

Cañón tallado por el agua de deshielo en Groenlandia.
Una parte importante de la población de Groenlandia alega por la falta de ética que implica la destrucción de un ecosistema. Sin embargo, el mundo necesita de más minerales para una transición hacia las energías limpias. Es el caso de la tierras raras, el grafito, el cobre y el zinc. Esto lleva a muchos expertos a un callejón sin salida: ¿vale la pena sacrificar una geografía virgen por el bien del planeta? Para muchos groenlandeses, la respuesta es clara: no dejarán que sacrifiquen a su país para que la gente pueda manejar automóviles eléctricos.
Estados Unidos siempre ha visto a Groenlandia como una extensión de su esfera de seguridad. La Casa Blanca ha intentado comprar Groenlandia en tres ocasiones: en 1867, por el Secretario de Estado Seward —el mismo que compró Alaska—; en 1946, tras la Segunda Guerra Mundial, bajo el mandato de Harry Truman, y entre 2019 y 2026. Frente a este último plan, expuesto por Trump en su primer mandato, la reacción general fue sentir que era un gesto anacrónico, difícil de tomarse en serio en pleno siglo XXI.
Hoy, sin embargo, las solicitudes de Washington han pasado a convertirse en exigencias. El proyecto del Domo Dorado de Trump —un sistema de defensa antimisiles— necesitaría de Groenlandia por su ubicación. Debido a la curvatura de la Tierra, el país sería ideal para radares de seguimiento y potenciales interceptores de amenazas de Rusia o China a través del Polo Norte. Los expertos militares europeos alegan que EE. UU. ya tiene acceso al territorio que necesita, y que no es necesario militarizar la isla.
Sin embargo, Trump no ha dejado atrás esta determinación. Su última amenaza de imponer aranceles del 25% al 200% a países europeos aliados, como Dinamarca, Francia y Reino Unido, si no facilitan la transferencia de Groenlandia, ha tensado las relaciones con Europa.

El poblado de Narsaq se ha negado a las actividades de extracción minera por miedo a la contaminación y la radiación.
Los líderes europeos califican esta táctica como un nuevo colonialismo, y han buscado conciliar posiciones distantes con Estados Unidos. La Casa Blanca sigue presionando a Dinamarca para bloquear, sobre todo, inversiones chinas, argumentando seguridad nacional. Algo que recuerda a la relación de los daneses y los inuits hace ya varios años atrás.
Hoy en día, Groenlandia se ha vuelto un nuevo centro del mundo, a pesar de encontrarse en un rincón remoto y cubierto de nieve y un hielo cada vez menos grueso. Está a un paso de convertirse en la mayor fuente occidental de tierras raras, con riesgos logísticos en nuevas rutas con infraestructuras precarias y, sobre todo, un territorio de deseo de las superpotencias, que puede afectar desde el precio del aluminio hasta el costo de los componentes eléctricos.
En un mundo globalizado, incluso el hielo de los polos afecta las cadenas de valor. La inteligencia de mercado —y tal vez la militar— será esencial para la próxima década.
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