Por Max Díaz
07 de Marzo, 2026
El sol se refleja, pesado, sobre las aguas en el puerto de Iquique, una pequeña ciudad del litoral hacia el norte de Chile. El calor no le da tregua a los estibadores, que suben y bajan corriendo de los barcos cargando cajas. Es el año 1870 y la ciudad está bajo el frenesí del oro blanco. Las carretas se mueven cargando el salitre que el mundo reclama con desesperación. Lo usarán para fertilizar los agotados campos de Europa y alimentar las fábricas de pólvora de las potencias industriales. Kilos y kilos de salitre llegan hasta los barcos de vela. El pueblo, que hasta hace unos pocos años era una modesta aldea de pescadores, levanta teatros de ópera con mármol importado; mansiones de madera traída de los bloques de Oregón y una red ferroviaria que desafía la verticalidad de la pampa. Las naves llegan desde los puertos de Londres y Hamburgo con pianos de cola y cristalería fina, y antes de despedirse vuelven a llenar sus bodegas del mineral que financia el crecimiento de un país aún joven. El desierto de Atacama, el más árido del planeta, se convierte en el epicentro de un intercambio global donde la riqueza, contradictoriamente, sale de la tierra seca.
Sin embargo, el idilio industrial no durará mucho. En unas pocas décadas, la industria salitrera colapsará ante la invención del nitrógeno sintético en los laboratorios de Alemania. Las oficinas y campamentos salitreros se convertirán en pueblos fantasma. El tiempo los consagrará como lugares de memoria donde se levantaron y reivindicaron los derechos sindicales de la actividad extractiva, y dejarán los edificios menos azotados por el sol como monumentos turísticos. Pero la vocación de Iquique como nodo de intercambio no morirá. Las infraestructuras que antes fueron utilizadas para extraer y exportar el salitre se reconfigurarán para absorber los excedentes de la sobreproducción global del siglo XXI. La ciudad, que había nacido para alimentar al mundo con fertilizantes, termina convirtiéndose en el cementerio de la ropa que el mundo ya no quiere vestir.

La oficina salitrera Humberstone, a 48 kilómetros de la ciudad de Iquique, hoy es monumento nacional y Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Para la segunda década del siglo XXI, Chile se ha convertido en el líder absoluto del consumo de ropa usada en Latinoamérica. La creación de la Zona Franca de Iquique (Zofri) diseña un ecosistema para atraer mercancías mediante incentivos fiscales, sin embargo, mucho de lo que llega al puerto es, en realidad, ropa. Más de 123,000 toneladas anuales de textiles en una época donde, aseguran algunos, las prendas de segunda mano se han convertido en la moneda de cambio de las economías populares.
En 1963, en un modesto taller de La Coruña, Amancio Ortega fundó Confecciones GOA, S.A. Ortega, que comenzó a trabajar a los treces años, aprendió rápido que comprender el deseo del cliente —y su ritmo, a veces abrumador— era una ventaja competitiva que podría distinguirlo del resto de la industria, y abre GOA junto a su esposa, Rosalía Mera. En sus inicios, GOA se especializó en la fabricación de batas y camisones, subcontratando la confección a talleres en Galicia y el norte de Portugal para mantener precios competitivos. Esta decisión de control sobre la producción y la distribución siembra una semilla: la de la integración vertical estratégica.
El año 1975, Ortega decide abrir su primera tienda, a la que bautiza Zara. Ortega planifica una integración hacia adelante para controlar todas las bases: desde el diseño y la producción interna hasta la venta final. El modelo se basa, principalmente, en ciclos cortos de fabricación. El dueño del modesto proyecto minorista busca ofrecer productos de tendencia a precios accesibles, una premisa que termina por revolucionar las expectativas del mercado minorista.

Amancio Ortega, hoy de 89 años. Foto de Vogue.
Desde entonces, el avance de Zara tomó una velocidad incalculable. Ortega creó el holding Inditex en 1985, para reunir bajo una misma figura a Zara y sus plantas de fabricación. Durante los años que el holding se asentaba, Zara fue apareciendo en los principales barrios comerciales de España. Para 1988, desembarcó en Portugal y solo un año después aterrizó en Nueva York.
Para 1992, Zara ya está en México y, en 1998, en Argentina. Ortega logra consolidar su presencia en mercados con una afinidad cultural que busca, justamente, colecciones como las suyas: baratas, estéticas y de alta circulación. Algo que era, hasta entonces, impensado.
Desde entonces, el mercado de la moda seguirá creciendo en Latinoamérica: marcas como H&M, Forever 21 y Topshop inundarán los centros comerciales. H&M declarará ventas globales por cerca de 60 millones de dólares diarios y, sin embargo, el llamado fast fashion, inaugurado con Zara, será solo la punta del iceberg textil.
A estas alturas, la infraestructura del fast fashion es semanal. Los diseños, los precios, el impacto logístico y el movimiento de las mercancías está rotando constantemente. Sin embargo, aparecerán nuevos modelos comerciales, como el de Shein, impulsados por la llamada minería de tendencias en tiempo real. Fundada en 2008, Shein trascendió el modelo de Zara para establecer una categoría aún más arrojada: el ultra fast fashion, que se traduce en el lanzamiento de hasta 6,000 nuevos productos cada día basándose en el análisis de datos de redes sociales, como TikTok e Instagram.

Se estima que Shein lanza cerca de 6,000 nuevos productos diarios. Foto de Reuters.
La red de Shein se fundamenta en un sistema de respuesta ultra-rápida que fragmenta la producción en lotes minúsculos, a menudo de entre 30 y 100 unidades, para testear la aceptación del mercado. Si el algoritmo detecta una tracción positiva, la orden de producción se escala de inmediato mediante una red de más de 5,000 fabricantes externos.
En Latinoamérica, esta estrategia ha encontrado un suelo fértil: Brasil y México lideran las descargas de la aplicación en la región, lo que revela un desplazamiento masivo de la demanda hacia plataformas digitales directas. A diferencia de Zara, que utiliza sus tiendas como centros de inteligencia y distribución, Shein opera bajo una logística borderless —o sin fronteras— que, hasta hace poco, se basaba casi exclusivamente en el flete aéreo directo desde China para aprovechar las exenciones de impuestos de importación.
El efecto inmediato de las plataformas de ultra fast fashion es el cambio en las conductas y políticas de consumo. De pronto, con el aterrizaje de estas plataformas en Latinoamérica, el consumo se ve más veloz y atractivo a pesar de la distancia de la pantalla: miles de categorías distintas, modelos estilizados y diseños que responden a la hegemonía de las redes sociales. La eficiencia se traduce en cortos tiempos de espera y paquetes que se apilan en las puertas. Todo gracias a descuentos en botones de colores apastelados y llamativos.
La moneda de la eficiencia, sin embargo, tiene una contracara que se manifiesta en los nodos finales de la red. Chile, mediante la Zona Franca de Iquique, se ha convertido en el principal receptor de ropa usada en la región con esas 123,000 toneladas anuales. Mercancía que proviene de excedentes de tiendas, donaciones y devoluciones no vendidas de mercados globales.
Se estima que, de las toneladas que ingresan anualmente, cerca de 39,000 terminan como residuos en vertederos clandestinos en el desierto. Esta acumulación de textiles sintéticos representa un desastre ecológico masivo, con volúmenes que igualan hasta cuatro veces el peso del puente de Brooklyn y más de 300 hectáreas de ropa regada por las arenas.
El poliéster libera microplásticos que contaminan el suelo y el agua cuando las fibras se degradan bajo la radiación solar. La incineración de estos depósitos genera gases tóxicos que afectan a las comunidades de Alto Hospicio e Iquique. La ropa, aún no saben algunos, puede enfermar a las personas. Este fenómeno termina por impulsar al Primer Tribunal Ambiental de Chile a emitir un fallo en 2024, obligando al Estado a un plan de reparación integral para restaurar el Atacama.
En el escenario de 2026, la industria textil atraviesa una reconfiguración impulsada por el nearshoring para mitigar riesgos de ruta. México y Brasil emergen como los polos de esta transformación. Mientras que México aprovecha su frontera con EE. UU., Shein ha dado un giro estratégico hacia la producción local en Brasil para eludir barreras arancelarias y mejorar sus tiempos de entrega.

Shein ya tiene tiendas popups en Brasil. Foto de Mercado e Consumo.
La red subyacente de Shein en Sudamérica se fundamenta en su alianza estratégica con Coteminas (Springs Global) en Brasil. La compañía ha anunciado una inversión de 150 millones para habilitar a 2,000 fabricantes locales, con el objetivo de que el 85% de sus ventas en el país sean de origen nacional para finales de este año.
Esta maniobra revela una respuesta directa a las presiones regulatorias, como el proyecto de ley PL 914/24 en Brasil, que impuso un impuesto de importación del 20% a compras internacionales de hasta 50 dólares. Al transicionar de un modelo puramente importador a un hub de manufactura local, Shein busca reducir su Total Landed Cost, además de neutralizar las críticas de competencia desleal del retail tradicional. Y, mientras empresas como Zara y H&M siguen manejando lead times promedio de entre 10 y 15 días, Shein puede demorarse 3, obteniendo, además, ventajas de su gestión de inventario on-demand basada en datos.
Donde antes solo se evaluaba el precio, la infraestructura de compras moderna ahora debe integrar métricas de sostenibilidad y gobernanza. El cumplimiento de los criterios ESG ha pasado a ser una obligación regulatoria ineludible bajo marcos como la CSRD de la Unión Europea y las nuevas normativas de trazabilidad de fibras.
Los departamentos de Compras también enfrentan la presión de auditar la trazabilidad para garantizar que no exista trabajo forzado. Shein ha estado bajo un escrutinio intenso por el uso de algodón de regiones conflictivas como Xinjiang, lo que ha llevado a la empresa a fortalecer sus canales de reporte y auditoría de terceros para mantener su acceso a mercados regulados.

Cosecha de algodón de Xinjiang, 1964.
En Latinoamérica, la implementación de la Ley REP en Chile y normativas similares en Colombia obligan a las marcas a gestionar el fin de vida de sus productos. En este punto de la cadena, el uso de gemelos digitales ha permitido a las empresas probar planes de contingencia ante cierres de puertos o eventos climáticos extremos sin interrumpir la operación real.
A pesar de los esfuerzos logísticos y de producción, la infraestructura física de la región manifiesta una saturación crítica. Ninguna economía de la región figura en las primeras 50 posiciones del Índice de Desempeño Logístico del Banco Mundial. El puerto de Manzanillo, en México, cerró 2025 con récords históricos de carga que superaron los 3.8 millones de TEUs, evidenciando una saturación que presiona los lead times y encarece la certidumbre operativa. El puerto de Santos en Brasil enfrenta una situación similar, que terminó 2025 con 186.4 millones de toneladas movilizadas, operando bajo una presión constante de yardas ocupadas y tiempos de espera extendidos.
Esto se traduce en que la agilidad del software de las plataformas de ultra fast fashion choca contra la rigidez de los puertos latinoamericanos. Sin una inversión anual que se estima en los 10,000 millones de dólares en modernización portuaria, el rediseño global de las cadenas de valor corre el riesgo de pasar de largo por la región.
De cara a las toneladas de ropa que ingresan día a día a Latinoamérica, la región necesita encontrar cómo gestionar el flujo en tiempo real, eliminando la fricción y optimizando la experiencia mediante datos. Para muchos analistas del sector, el Procurement del futuro se fundamenta en la visibilidad end-to-end. Las empresas que lideren el mercado hacia futuro serán, probablemente, aquellas que implementen el Pasaporte Digital de Producto (DPP), una herramienta de trazabilidad que permite conocer la historia de una prenda, desde la fibra hasta su descarte.

La mayoría de la ropa de segunda mano entra a Chile por fardos, donde muchas prendas son descartadas.
La infraestructura invisible de la moda demanda un salto tan significativo como el de GOA a Shein. Inventar técnicas de sourcing regenerativo y logística inversa. Hoy por hoy, la verdadera lección logística parece vivir en la separación del crecimiento económico respecto a la extracción de recursos vírgenes. Hace algunas décadas, el Procurement de la moda pudo haberse tratado de comprar telas, sin embargo, hoy ha migrado hacia la certeza del flujo de la mercancía y la recuperación de valor. Al final del día, se trata de buscar un segundo ciclo de vida. Para finales de la década, la ventaja competitiva ya no será la misma que encontró Amancio Ortega. Y la gestión del ciclo de vida completo de una prenda tendrá tanta importancia como la velocidad de la fabricación.
Se espera que medidas como esta puedan transformar al desierto de Atacama, y quitarle su infame etiqueta de cementerio textil por una más auspiciosa. Un hub de economía circular movido por la visibilidad.
Al final del día, por mucho que busquemos la velocidad y la aceleración, la resiliencia es un proceso de adaptación continua. Solo a través de una trazabilidad granular y una ética de suministro inquebrantable, Latinoamérica podrá dejar de ser el vertedero de las prendas del primer mundo para convertirse en el arquitecto de su propia sostenibilidad.
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